—¿Crees que no me importa esta familia, Jacob? —murmuró Oliver. Su voz bajó de tono, pero la carga de rabia contenida era tan peligrosa que Jacob se detuvo en seco.—Es lo que demuestras a diario —desafió Jacob, aunque dio un leve paso atrás al notar el cambio drástico en los ojos de su hermano.Oliver se puso de pie lentamente. Cada movimiento le exigió un esfuerzo titánico, pero se erguió en toda su estatura, dominando la estancia con su presencia abrumadora. Apoyó la mano derecha sobre el escritorio para mantener el equilibrio, mientras su rostro se volvía aún más pálido, casi translúcido bajo la luz cenicienta del ventanal.—Tú no sabes nada sobre esta familia, Jacob —dijo Oliver, y cada sílaba caía con la pesadez de una losa de tumba—. Llevas toda tu vida viviendo en una fantasía de arquitectura, viajes y proyectos nobles porque yo me encargué de limpiar el barro de tus zapatos. Te pasas la vida lamentándote por la muerte de nuestra madre, culpando al destino y buscando consuelo
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