Loreta, sentada en la segunda fila, vio a su hijo salir de la sala con pasos vacilantes y la cabeza gacha. Cada paso de Victor, alejándose, era como un clavo clavándose en su pecho. El hijo que había criado, el hijo que durante años había preparado para sentarse en el trono del Grupo Tanjaya, salía ahora de la arena de combate no como un ganador fracasado, sino como un tramposo pillado con las manos en la masa.Loreta se levantó de su butaca y se acercó a Richard, que seguía de pie en el escenario. Sus pasos, normalmente elegantes y controlados, eran ahora más rápidos, más urgentes, con un movimiento parecido al de alguien que corre para alcanzar un tren que ya se ha puesto en marcha.—Richard, cariño. —Loreta le agarró el brazo a su marido con ambas manos. Su voz, normalmente firme y diplomática, se transformó ahora en una voz suave y suplicante, el tono que solo usaba cuando la situación era realmente crítica. Sus dedos, adornados con anillos de diamantes, apretaban el brazo de Rich
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