Pero junto con la calidez que debería acompañar aquel elogio, Nixon sintió también algo más. Algo frío y amargo que erosionaba aquella calidez desde dentro.
Porque Nixon se dio cuenta de una cosa.
Richard elogiaba a Nixon. Richard decía que estaba orgulloso de Nixon. Y Richard no le dirigía ni una sola palabra a Davin. No había elogios para el hijo cuyo equipo había ganado el concurso. No había reconocimiento para el CEO que había demostrado que merecía liderar la empresa. No había un "también