Loreta, sentada en la segunda fila, vio a su hijo salir de la sala con pasos vacilantes y la cabeza gacha. Cada paso de Victor, alejándose, era como un clavo clavándose en su pecho. El hijo que había criado, el hijo que durante años había preparado para sentarse en el trono del Grupo Tanjaya, salía ahora de la arena de combate no como un ganador fracasado, sino como un tramposo pillado con las manos en la masa.
Loreta se levantó de su butaca y se acercó a Richard, que seguía de pie en el escena