El sonido de una respiración agitada a mi espalda hace que el miedo se extienda por todo mi cuerpo.—Tranquila, me mandaron a cuidarte.El escalofrío es inmediato porque reconozco esa voz… Es el primo de Victoria.Intento soltarme, lo golpeo y forcejeo como puedo, pero él apenas se inmuta. Sin esfuerzo me arrastra hacia una zona más oscura del pasillo, lejos de las luces y de la música que llega desde la fiesta.—Deja de resistirte. Nadie va a escucharte.El pánico termina apoderándose de mí, cuando siento cómo su aliento abandona mi oído y asciende lentamente hasta detenerse en mi clavícula.Y mientras la desesperación me aprieta el pecho y las lágrimas amenazan con escapar, una sola idea se repite una y otra vez en mi cabeza: Nadie va a venir a ayudarme.—Suéltala, ahora mismo.La voz retumba con tanta fuerza que todo se congela de golpe, incluso el aire, y la mano que cubre mi boca baja de inmediato como si hubiera perdido cualquier derecho a seguir ahí.Aprovecho ese segundo para
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