Los primeros días en casa de Adrián transcurrieron como un suspiro largo y tranquilo.Él había reorganizado su agenda para trabajar desde casa. Colocó su portátil en la mesa del comedor, cerca de la habitación de huéspedes, para no perderla de vista. Contestaba llamadas en voz baja, revisaba documentos, y cada tanto se asomaba a preguntarle si necesitaba algo.—Reposo absoluto —repetía cada vez que ella intentaba levantarse—. Dijo la doctora. No pienso discutirlo.—Solo iba por un vaso de agua.—Para eso estoy yo.Elena se dejaba cuidar. Le costaba, porque nunca había sido buena para eso, pero se dejaba. Y poco a poco, el color le volvió al rostro. Los antojos regresaron, y Adrián los cumplía todos: dulces extraños a horas imposibles, pero siempre con una sonrisa.Una tarde, recostada en el sofá con una manta sobre las piernas, Elena miró hacia la pared donde él había colgado uno de sus cuadros viejos. Un paisaje de colinas doradas que había pintado años atrás, de memoria, sin haberla
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