No hubo respuesta.Sawyer sacó los dedos lentamente, arrastrando un hilo de flujo espeso, perlado y translúcido que bajó por sus nudillos y goteó sobre el cuero. El coño de ella emitió un sonido húmedo y de succión cuando sus dedos la abandonaron, como si se resistiera a dejarlos ir.Su polla era una agonía. Dura, dolorida, tensando al límite la tela de sus vaqueros; una necesidad dolorosa y palpitante que no tenía a dónde ir. La punta estaba empapada, dejando una mancha oscura de líquido preseminal en el denim. Le dolían los huevos, completamente encogidos, exigiendo una liberación. Podía sentir el pulso en su miembro, un latido caliente e insistente que gritaba por alivio.Soltó una maldición baja y amarga, y se pasó la mano húmeda por el pelo, con el aroma del coño de ella impregnado en su piel. Tenía más de cuarenta años, era un hombre que había tenido su buena ración de mujeres y que se enorgullecía de su autocontrol. Y ahí estaba, compuesto y sin novia, con lo
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