Las sombras se cerraron alrededor de Kael.No eran simples cadenas. Tenían dedos, uñas y voces. Decenas de manos negras salieron del altar y se aferraron a sus brazos, su cintura y su cuello.Kael rugió.Su magia explotó en una llamarada dorada, pero las sombras absorbieron la luz y tiraron de él hacia la escalera.—¡Elara, suéltame!—No.Seguía sosteniendo su mano.La cuarta cláusula ardía debajo de nuestros dedos, satisfecha porque yo había cumplido su exigencia. Había entregado al Alpha por voluntad propia.Lo que no había hecho era abandonarlo.Las sombras arrastraron a Kael hasta el primer escalón. Mis botas resbalaron sobre la piedra y caí de rodillas, pero no solté sus dedos.—¡Vas a caer conmigo! —gritó.—Eso suele ocurrir en los matrimonios.<
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