AlaiaEl teléfono vibraba en mi mano con una insistencia que me resultaba insoportable, pero el nombre en la pantalla me inmovilizó: «Papá». Con el pulso desbocado y el corazón comprimido por el miedo, deslicé el dedo para aceptar la llamada. Intenté tragar saliva, tratando de limpiar mi voz de cualquier rastro de la crisis que acababa de vivir en el despacho de Alexander.—¿Papá? —dije, logrando que mi tono sonara relativamente estable, casi normal, a pesar de que el mundo a mi alrededor se sentía como si estuviera a punto de colapsar.—Alaia —la voz de mi padre llegó al otro lado, carente de su habitual calidez; era una voz seria, grave, que me puso los vellos de punta—. Necesitamos hablar. Ahora.—¿Qué sucede? —pregunté, aunque el pánico ya me estaba cerrando la garganta.—Me ha llegado un sobre a casa, Alaia. Un sobre que no debería haber existido nunca —dijo él, y el peso de sus palabras cayó sobre mí como una losa—. Hay unas fotos aquí. Fotos tuyas.El silencio que siguió
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