Alaia Kendrick
El aire en mi pequeña oficina, contigua a la de Alexander, se sentía viciado, cargado con el peso de una traición que aún no se había materializado, pero que ya me estaba asfixiando. Tenía sobre mi escritorio una serie de cuentas personales de Alexander que requerían mi firma electrónica para ser procesadas era mi trabajo, lo que siempre había hecho con orgullo y dedicación total. Sin embargo, los números bailaban ante mis ojos, transformándose en una sentencia.
Mis manos, aún