Punto de vista de Marimar OquendoLa puerta de la farmacia cedió bajo la palma de mi mano con un suave susurro de aire fresco. El olor a cloro y caramelos baratos me golpeó de lleno. Fruncí el ceño, una expresión que parecía tallada en mi rostro, y mantuve la mirada al frente mientras dos hombres me seguían. Uno reía con descaro, como un niño escapado de la escuela; el otro se movía como una sombra con dientes: silencioso, pero afilado en su diversión.¿Qué pecado había ocultado para que Dios me castigara así? Había pedido una señal, cualquier cosa que me indicara el camino, y recibí esto: un trabajo que me aplastaba contra el suelo como asfalto bajo el cielo. Mis hombros caían pesados, casi rozando mis costillas, y tenía el ceño fruncido. Sentía las miradas sobre nosotros al pasar, los murmullos…—Dios mío, mira a ese. ¿Crees que está soltero?—Joder, me pregunto qué tamaño tendrá su… espada.A ellos. A mí ni me veían. Podría haber sido de cristal.Y no era para menos. Aquellos dos d
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