Punto de vista de Marimar Oquendo
La puerta de la farmacia cedió bajo la palma de mi mano con un suave susurro de aire fresco. El olor a cloro y caramelos baratos me golpeó de lleno. Fruncí el ceño, una expresión que parecía tallada en mi rostro, y mantuve la mirada al frente mientras dos hombres me seguían. Uno reía con descaro, como un niño escapado de la escuela; el otro se movía como una sombra con dientes: silencioso, pero afilado en su diversión.
¿Qué pecado había ocultado para que Dios m