El desayuno seguía con esa calma suave que parecía envolverlo todo. Mi madre recogía los platos sin prisa, tarareando en voz baja. Mi padre seguía con el periódico, y Sebastián… bueno, Sebastián estaba allí, intentando encajar en una normalidad que todavía le quedaba grande. —Chloe, cariño, puedes
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