En otro lugar separado, concretamente en la residencia principal de la familia Roth, el ambiente no era menos opresivo y frío. Vincent Roth estaba sentado solo en la oscuridad de su amplio despacho, mirando al vacío el suelo de mármol sin interés. Frente a él, sobre el escritorio, una botella de whisky caro ya estaba medio vacía, convertida en el desahogo de su frustración acumulada.Vincent recordaba el momento terrible en el hotel de hacía unas horas, donde se había visto obligado a apartar la mirada y permitir que su propio hijo biológico, Mateo Roth, fuera esposado y arrastrado por la policía. Como padre, su corazón se había sentido como si le clavaran un cuchillo al escuchar los gritos de miedo y súplica de Mateo. Pero como astuto hombre de negocios, sabía perfectamente que un solo paso en falso que diera esa noche haría que toda la existencia del negocio de la familia Roth desapareciera del mapa de la competencia de la ciudad en un instante.La puerta del despacho, que estaba bi
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