Aquella noche, tras lograr escapar de la mansión de Lucas, no regresé a mi antigua casa en el pueblo. Con los últimos ahorros que me quedaban, decidí permanecer en los márgenes de esa gran ciudad. Mi decisión no carecía de razón. Temía profundamente que, de volver al pueblo, Rosalina pudiera presentarse allí y descubrir que estaba embarazada. Por eso elegí ocultarme en la ciudad, refugiándome en un barrio humilde y densamente poblado al que las largas piernas de Rosalina jamás se atreverían a llegar. En aquel refugio improvisado, me gané la vida ayudando a una anciana a vender flores al borde de la carretera. Incluso llegué a cambiar mi identidad y mi nombre por el de Diana, de forma unilateral y deliberada. Tomé esa decisión desesperada únicamente porque no quería que, llegado el momento, Rosalina —o incluso el propio Lucas— supiera dónde me encontraba junto a mi hija. Estaba consumida por un miedo cerval, avivado por aquellas amenazas. Temía que fu
Leer más