Llevaba casi dos horas sentada, inmóvil junto a la cama de la sala, esperando que Samuel despertara por fin. Sin embargo, mi esposo seguía sin moverse, en silencio, con los párpados cerrados con fuerza. En medio del silencio de la UCI, interrumpido únicamente por el ritmo constante del monitor cardíaco, un miedo terrible volvió a arrastrarse sigilosamente, oprimiéndome el pecho hasta dejarme sin aliento. ¿Y si la condición de Samuel era igual a la mía en aquel entonces? ¿Y si... y si a Samuel lo declaraban en coma? Sacudí la cabeza con rapidez, tratando de expulsar por la fuerza ese pensamiento oscuro de mi mente. No. No lo soportaría si eso llegara a ocurrirle a Samuel. Con los dedos aún temblorosos, estreché con fuerza la palma de su mano derecha y besé el dorso de su mano, que se sentía algo fría por el efecto resi
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