Isabela bajó del auto y se detuvo en la banqueta frente al hospital, con el celular todavía en la mano y el corazón latiendo más rápido de lo que sus piernas podían avanzar.Abordó a los primeros transeúntes que encontró, preguntó, recibió indicaciones contradictorias y dio vueltas por pasillos que olían a antiséptico y a decisiones urgentes, hasta que, finalmente, encontró el ala que Johan había mencionado.Se detuvo en la entrada.La escena que había imaginado durante todo el trayecto —Killian acostado, pálido y rodeado de tubos— no estaba allí.El niño estaba sentado en un banquillo de plástico con un vendaje en el antebrazo, la espalda recta y el rostro compuesto con esa dignidad específica de un niño que ha decidido no dar problemas. Al lado, Nina ocupaba la cama con una pierna suspendida por tracción y un suero en la mano; su estado era incomparablemente más grave, ella lo sabía, y aun así había un orgullo silencioso en su forma de estar recostada.Johan se acercó a Isabela con
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