CAPÍTULO 12El despertador de las 6 de la mañana ya no se siente como un intruso, sino como el inicio de la batalla. Me levanto con el cuerpo pesado, sintiendo todavía en la piel el rastro eléctrico de la noche anterior. Las 11 de la noche es una hora extraña para salir de una oficina, pero lo que es aún más extraño es la forma en la que mi mente se niega a soltar la imagen de Amy en la penumbra.Al llegar a Apex Ink a las 7:45 en punto, con el café de Sumatra a los 92 grados exactos, me encuentro con un ambiente frenético. El piso 49 no bullía con el semisilencio con la que me encontré ayer; hoy parece que hay una urgencia nerviosa en el aire. Susana corre de un lado a otro con portatrajes y dos asistentes de relaciones públicas la siguen con tabletas en las manos.Dejo la taza en el escritorio de Amy. Ella está de pie frente al gran ventanal, hablando por teléfono en un francés fluido y cortante que suena como música agresiva. Ni siquiera me mira cuando dejo el café, pero su mano
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