CAPÍTULO 20El jueves por la mañana la tensión alcanza su punto máximo, el punto de ruptura, el punto de no retorno, el punto de "ya no aguanto más". Entro en su oficina para dejar la correspondencia personal que me había enseñado a clasificar la semana pasada. Mi mano roza accidentalmente su escritorio y por un instante me quedo mirándola. Amy está especialmente hermosa este día: viste una blusa de seda color perla que contrasta con su cabello negro azabache, y está concentrada con el ceño fruncido, anotando algo en los márgenes de un manuscrito. Quiero gritarle, quiero lanzarle los sobres a la cara y obligarla a que me vea, a que me grite, a que vuelva a ponerme las manos encima aunque solo sea para echarme de su oficina, de su edificio, de su editorial.—¿Hay algo más, señorita Contreras? —pregunta ella sin levantar la vista.—No, señora Murphy.—Entonces puede retirarse. Y envíe este manuscrito a Julian Vaughn. Dígale que si no tiene las notas de edición para mañana, puede pasa
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