—Señorita Josselyn, esto… es una carta para usted.Aquella voz aún resonaba en su mente. Junto con la carta sin remitente. No era una carta perfumada ni pulcra—pero aun así hizo que el corazón de Josselyn latiera con fuerza por otra razón.El papel estaba gastado, áspero, tal como era. Y los trazos de las letras, irregulares, temblorosos… como si reflejaran la desesperación de quien la escribió.Una carta que la había llevado, en secreto, de vuelta a este lugar.Los muros de la prisión subterránea despertaban recuerdos que quería olvidar—fríos, húmedos y… con ese sabor metálico.El sabor de la sangre, como aquella vez.Josselyn se quedó quieta en el umbral del pasillo, sus dedos apretándose suavemente bajo las mangas de su túnica.Un destello fugaz cruzó su mente—una respiración agitada, una cercanía excesiva, y el calor repentino que llenó su boca.Luego, el líquido rojo fluyó, acompañado por el gruñido enfurecido del dueño de aquellos labios que ella había mordido.Lo recordaba con
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