Maurício resopló con fuerza, ese suspiro impaciente que mezcla agotamiento y preocupación. Acomodó mejor el peso de su amigo sobre los hombros, un brazo pasando por detrás del cuello y la mano sujetando el antebrazo de Taylor, y comenzó a arrastrarlo por el largo pasillo de la casa. El viejo suelo de madera crujía bajo las botas empapadas; cada tabla parecía anunciar el paso de los dos, mientras la luz amarillenta de las lámparas dibujaba sombras alargadas en las paredes. El olor a lluvia impregnada en el cuero, mezclado con el de la tierra mojada y la cachaça, flotaba en el aire.—Vamos, cowboy —murmuró con firmeza, en un tono que era mitad regaño y mitad abrazo—. Tu cama te está esperando.Taylor todavía intentó enderezarse, como si el orgullo pudiera sostener el cuerpo incluso cuando las piernas fallaban. La voz salió más débil, áspera, tropezando de sílaba en sílaba:—Yo... no necesito una cama... solo necesito que ella admita...Pero Maurício no lo dejó terminar. Tenía la mirada
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