El amanecer llegó como quien lame el borde del mundo: despacio, tiñendo de cobre las copas de los árboles y plateando los tejados aún húmedos por la llovizna de la madrugada. La hacienda respiraba en silencio. Se oía el crujido tardío de la leña muriendo dentro de la chimenea del salón y, afuera, el rumor distante del corral, algún mugido disperso, el susurro de la hierba, el arrastrar de botas de algún peón madrugador.Pero para Taylor, el día había comenzado mucho antes.Todavía en plena madrugada, cuando el calor del cuerpo de Lila sobre el suyo amenazaba con disolver el poco autocontrol que le quedaba, se obligó a apartarse. Con cuidado, para no despertarla, deslizó las manos de la cintura de ella y se levantó, sintiendo cómo su cuerpo protestaba ante la ausencia de aquel contacto. Permaneció unos segundos junto a la cama, respirando hondo, como si cada inspiración le recordara que necesitaba mantener la cabeza en su sitio. Lila estaba acostada en la habitación de Catarina, aún do
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