La noche ya se había asentado por completo sobre la hacienda, trayendo consigo una frescura húmeda que se colaba por las rendijas de las ventanas como dedos invisibles, tocando cada rincón de la casa. Afuera, el viento arrastraba el aroma de la tierra mojada y del pasto, mezclado con el cálido olor de la leña ardiendo a lo lejos. Era un perfume que abrazaba, pero que también despertaba recuerdos.
La casa principal estaba sumergida en un silencio poco habitual. No era un silencio muerto, sino es