Me arrastraron hacia el interior de la casa. Me resistí, dando patadas y puñetazos, pero eran demasiado fuertes. Lucía no paraba de llorar en mis brazos, y trataba de calmarla, pero no podía tranquilizarme a mí misma. Me llevaron a una habitación en el piso superior, con ventanas barradas con rejas de hierro. La puerta se cerró y quedó bloqueada desde fuera.Me senté en el rincón de la habitación, abrazando a Cia, que todavía lloraba, intentando consolarla. —Shh, bebé. Mamá está aquí. Mamá no dejará que nadie te haga daño —susurré, aunque mis propias palabras sonaban vacías.Cia se fue calmando poco a poco, quizá por el agotamiento, o quizá porque sentía el mismo miedo que yo. La apreté contra mí, sintiendo el calor de su pequeño cuerpo que me daba un poco de fuerza.Horas después, la puerta se abrió. Un hombre corpulento, con el rostro lleno de cicatrices, entró llevando un teléfono en la mano. Me dedicó una sonrisa siniestra.—Vamos, Camila. Es hora de llamar a tu exmarido —dijo, co
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