— Dime, muchacho — animó el abuelo de Dominic, con un tono bondadoso. Todos lo miramos, ansiosos. Diego, visiblemente nervioso, apartó la silla y se arrodilló ante Sofía Scott. Ella se llevó las manos a la boca, los ojos abiertos de par en par por la sorpresa, ya adivinando lo que vendría a continuación. Yo tampoco pude contener una sonrisa — mi corazón se calentó solo de imaginar la escena. Diego sacó una pequeña cajita del bolsillo de su chaqueta y la abrió, revelando un anillo con un diamante que reflejaba la luz de la lámpara en miles de destellos. — Sofía Scott, te amo más de lo que las palabras pueden expresar. Quiero pasar el resto de mi vida a tu lado, despertar con tu sonrisa cada día y envejecer contigo. Te quiero en mi futuro, en cada uno de mis días. Sofía, ¿aceptas casarte conmigo? Los ojos verdes de Sofía se llenaron de lágrimas. Se levantó, aturdida, con las manos aún cubriendo su boca, y entonces sollozó: — ¡Sí! ¡Sí, mil veces, mi amor! Diego sonrió, casi llorando
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