El éxodo del Club Metamorfosis kármica se había ejecutado con la precisión de un borrado de caché de urgencia. Dejando atrás a Julián con sus esferas luminosas de saldo y a Elena Olmos intentando debatir con un camarero sobre las propiedades homeopáticas de los pimientos de Padrón, Iris y Caleb habían regresado al búnker del cuarto piso en un taxi que olía a ambientador de vainilla industrial.Eran las cuatro de la madrugada del lunes, la zona horaria en la que Madrid se sumía por fin en un letargo analógico real. Sin embargo, el insomnio post-fiesta dominaba los sistemas de la médica del 4A. Iris, sentada en el suelo de su propio salón con las piernas cruzadas y los tacones de aguja desterrados al pasillo, observaba el techo con el tic de su ojo izquierdo totalmente desactivado, pero con la cabeza zumbando como un procesador sobrecalentado.Un golpe rítmico, casi imperceptible, sonó en la puerta que conectaba el piso con el descansillo. No hizo falta activar ninguna mirilla. Iris abr
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