Las palabras del Beta flotaron en el aire como un lazo, apretándose alrededor de mi garganta. ¿Noche de suerte? En este mundo, suerte era solo otra palabra para rendición. Me levanté del catre sin hacer ruido, mi cuerpo moviéndose en piloto automático: rodillas separadas lo justo para mostrar disposición, espalda completamente recta, muñecas bloqueadas detrás de mí. La puerta se cerró con estruendo a nuestras espaldas mientras recorríamos los pasillos tenuemente iluminados, mis pies descalzos silenciosos sobre la piedra fría. Nadie habló. Nadie necesitaba hacerlo. La jerarquía palpitaba en cada sombra, en cada eco.Nos detuvimos frente a una pesada puerta de roble, tallada con lobos gruñendo que parecían mirarme con sorna. El Beta llamó dos veces, seco y obediente, luego la empujó para abrirla.—Tu nuevo juguete —gruñó hacia el interior de la habitación, empujándome adentro antes de desaparecer como humo.La cámara era vasta, iluminada por antorchas parpadeantes que proyectaban sombr
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