Arnaldo había deseado tanto ese momento, extrañaba esos besos de su dulce boca. No quería despegarse de esos labios que en el pasado lo volvían loco y que, por orgullo y malos entendidos, los mandó a la basura. Ella lo empujó con todas sus fuerzas, tratando de alejarlo.— No, Arnaldo, esto no está bien. Por favor, suéltame. —Suplicó. Pero fue en vano, ese hombre no se rinde hasta que consigue lo que quiere.—Nada está mal, pequeña, somos esposos y es normal que esto pase. Y aunque ya no estuviéramos casados, de igual forma te deseo, solo déjate llevar y disfruta, te lo ruego. Pidió, con voz ronca, y como Madison no dijo nada, entonces ante la mirada de lujuria de su esposa, que ya había perdido la cabeza y enviado al retrete su juramento. La tomó por las piernas y la elevó para sentarla en la base del tocador, al mismo tiempo que ella se abrió de piernas para que él se posicionara en medio de ellas. Él le acariciaba sus piernas por debajo de su vestido veraniego, ella le acaricia su
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