—Lo tengo, mamá —respondió él, como si fuera un trámite sin importancia—. Nadia, te rentaré un lugar cerca de la oficina para que no tengas que tomar autobús ni metro. Solo caminarás. —Ahora sí que no tendrás que preocuparte por adelgazar —añadió con un tono falsamente considerado. Nadia apretó los puños con tanta fuerza que casi se le marcaron las uñas en la piel. Pero aún así, siguió luciendo sumisa: —Entonces… venderé la casa lo antes posible. Susan estaba convencida de que, al final, la casa no se vendería. Justo en ese momento, el teléfono de Caleb comenzó a sonar. Al sacarlo, su rostro se volvió pálido al instante. —Voy a contestar. Salió unos momentos y regresó poco después. —Es una llamada del señor Hall —dijo, mirando a Nadia—. Me pidió que me reúna con él pasado mañana. El rostro de Nadia perdió todo su color. —Caleb… ¿pasa algo? —Fue Celeste quien lo lastimó, no nosotros —respondió Caleb, respirando hondo, como si intentara tranquilizarse. Aun así, una chispa d
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