El sol se filtraba a través de las vidrieras de una vieja iglesia, proyectando un resplandor cálido y dorado sobre los bancos de madera y los invitados reunidos.Clara estaba de pie ante el altar, con las manos entrelazadas suavemente frente a ella, su corazón latiendo de alegría. El delicado encaje de su vestido de novia brillaba bajo la luz, y el ramo de rosas blancas temblaba ligeramente en su mano, no por nervios, sino por pura felicidad.Frente a ella, el amor de su vida la miraba con una devoción inquebrantable, con los ojos brillantes de emoción.La voz del sacerdote resonaba suavemente por el pasillo mientras pronunciaba los votos sagrados, pero Clara apenas escuchaba las palabras. Todo en lo que podía concentrarse era en el hombre que estaba ante ella, aquel que había prometido amarla por el resto de sus días.—¿Aceptas tú, Clara, a este hombre como tu legítimo esposo, para tenerlo y protegerlo, de hoy en adelante, para bien o para mal, en la riqueza y en la pobreza, en la sa
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