«Entonces… ¿qué lo trae de visita a mi oficina, señor Russo?», preguntó Luciana con calma.Frente a ella, el montón de documentos que Wilna le había entregado descansaba perfectamente ordenado como material para la reunión de ese día. Sin embargo, Luciana todavía no tenía intención de mencionar el proceso de producción en curso. Todavía no. Seguía esperando el momento adecuado para empezar a presionar a Dante, bombardearlo con preguntas sobre la manera en que manejaba todo, una forma de trabajar que cada vez le despertaba más sospechas.Aun así, Luciana mantuvo su expresión profesional. Una sonrisa leve, casi perfecta, seguía adornando su rostro, aunque por dentro tuviera que contener la paciencia que lentamente se desgastaba cada vez que estaba frente a Dante.A veces, Luciana se odiaba a sí misma por una sola cosa.El amor alguna vez la había vuelto así de estúpida.Tan estúpida que fue incapaz de ver qué clase de hombre era aquel al que había amado con todo su corazón. Un hombre en
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