ALEJANDROMe obligué a girarme hacia la puerta. Cada músculo de mi cuerpo gritaba, un rugido primigenio que me exigía darme la vuelta y terminar lo que había empezado.Sentía la piel ardiendo donde me había tocado. Su aroma, ese maldito jazmín, me ahogaba los pulmones, impidiéndome pensar, respirar, ser el hombre que se suponía que debía ser.Tenía la mano sobre el frío latón del pomo cuando la oí.«Alejandro».Su voz era una súplica suave y entrecortada que, sin llegar a mi cerebro, me llegó hasta la médula. Cerré los ojos, apoyando la frente en la fría madera de la puerta.«No te vayas», susurró. «Por favor. No quiero estar sola esta noche. Y no quiero a nadie más que a ti».Me giré lentamente, con movimientos rígidos, como una máquina averiada. Seguía sentada en el borde del tocador de mármol, con las piernas colgando y las manitas aferradas al borde. La toalla colgaba precariamente, dejando ver la curva dorada de sus hombros y el rápido y agitado latido de su corazón en el hueco d
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