El techo era blanco otra vez. Parpadeó mirándolo. Era un techo equivocado, no el del motel, no el de su apartamento. El blanco de un hospital, ese blanco que no se parece a ningún otro en el mundo. Intentó incorporarse. El dolor se extendió por su cuerpo en una ola lenta y dejó de intentarlo. Se quedó quieta e intentó reconstruir lo último que recordaba. La bolsa de la compra. La sudadera. El camino de regreso al motel. Los faros girando hacia ella en el ángulo equivocado, el sonido de los neumáticos, la pared del edificio. Ahí terminaba todo. Giró la cabeza con cuidado. La habitación era pequeña, limpia y vacía excepto por ella. Un monitor pitaba a su izquierda. Tenía una vía intravenosa pegada en el dorso de la mano. Abrió la boca. —¿Hola? —Su voz sonó mal: fina, más ronca de lo que esperaba. Pasaron unos segundos y entonces la puerta se abrió y entró una enfermera, ya dirigiéndose al monitor con la eficiencia de alguien que había escuchado ese tono de voz muchas veces. —Es
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