El sol de la mañana se asomó entre las pesadas cortinas grises, despertándome.La cama bajo mí se sentía cálida. Un calor desconocido, diferente al de la cama matrimonial de mi habitación.Un cuerpo se movió a mi lado, murmurando ininteligiblemente. Instintivamente, lo aparté, haciendo que ambos saliéramos de la cama.Killian se puso de pie al instante, sin camisa, aferrándose a esa maldita pistola como si fuera su salvavidas. En serio, dormía con esa cosa.Aunque jamás me dispararía, aun así me aceleró el corazón. Después de todo, un mafioso tatuado de un metro ochenta apuntando con una pistola no era precisamente la mejor imagen para despertar.Sin importar lo guapo que fuera. Y con su cabello, normalmente peinado y arreglado, revuelto por el sueño, parecía más sencillo. Más humano y menos como el ser divino que siempre aparentaba ser. Antes de que pudiera hablar, los recuerdos de mi ataque de pánico de anoche me subieron a la garganta junto con las ganas de vomitar.Me puse de pie
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