Mateo leyó el mensaje una sola vez antes de que el teléfono terminara estrellándose contra la pared de su despacho privado con una violencia tan brutal que el dispositivo explotó en fragmentos negros sobre el mármol. El sonido seco del impacto atravesó el silencio del penthouse como un disparo. Aun después de que la pantalla destrozada resbalara lentamente hasta el suelo, el aire siguió vibrando con algo mucho más peligroso que la ira: una furia antigua, profunda, animal, que parecía haber permanecido dentro de él durante meses enteros esperando exactamente un detonante como ese.Ahora todos saben cómo gritabas.Las palabras seguían ardiéndole detrás de los ojos, porque Rodrigo jamás amenazaba de forma directa. Rodrigo infectaba, ensuciaba, convertía el dolor a
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