La primera vez que Valeria imaginó a su hijo diciendo una palabra ocurrió mientras doblaba ropa limpia en el departamento de Mateo tres días después de ver el video del hospital, y el dolor llegó de una forma tan absurda y cotidiana que tardó varios segundos en entender por qué de pronto no podía respirar bien. Había tomado una camiseta pequeña que Mateo había comprado meses atrás durante una de las tantas etapas de duelo silencioso en las que ninguno de los dos sabía todavía qué hacer con la idea del bebé muerto, una prenda diminuta color crema que jamás habían usado y que había permanecido escondida al fondo de un cajón desde antes del accidente. Valeria la sostuvo un instante entre las manos antes de imaginar algo demasiado simple: un niño pequeño pronun
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