El llanto llegó a las tres y cuarto de la mañana con la precisión de un reloj que nadie había programado. Valeria ya estaba despierta. Llevaba más de una hora mirando el techo del cuarto de visitas de la casa de Mariana, escuchando los sonidos de la casa nueva, el crujido de la madera, el viento suave contra el jardín trasero, el silencio particular de Saltillo que era diferente al silencio de la ciudad de una manera que todavía no sabía describir completamente. Cuando el llanto empezó, su cuerpo se incorporó solo antes de que su mente tomara ninguna decisión.Mateo dormía a su lado. Abrió los ojos apenas ella se movió.– Ve. – dijo simplemente.Valeria lo miró un segundo. Después asintió y salió del cuarto con
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