MARCOSalí disparado de mi habitación, con la lujuria pura y la rabia hirviéndome por dentro.Mi polla seguía dura como una piedra y doliéndome, a pesar de haberme encargado del asunto yo mismo poco antes. Cassandra seguía arriba, desmayada tras aquel fiasco, y aun así no podía sacármela de la cabeza. Recordarla desnuda y suplicando hacía que mi sangre ardiera. Necesitaba alivio, y rápido, o perdería la puta cabeza.Mariam era la única solución que se me ocurrió. Con un gruñido, golpeé el intercomunicador de la pared mientras marchaba por el pasillo. —¡Mariam, a la Habitación Roja ahora! —ladré. Mi voz sonó brusca, pero me importaba un bledo. Ella sabía perfectamente que no debía hacerme esperar.Me dirigí directo a la Habitación Roja, el calabozo privado oculto en mi mansión. El familiar olor a cuero me golpeó en cuanto encendí las tenues luces rojas. Normalmente este lugar me calma, pero no esta noche.Mi mente no dejaba de mostrarme destellos de los ojos suplicantes de Cassandra.
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