MARIELAObservé a Fiona caminar de un lado a otro por el húmedo suelo de la cocina, sus botas resonando rítmicamente contra las baldosas sucias. Parecía agotada, con el rostro demacrado y pálido bajo la luz parpadeante de la única bombilla que colgaba del techo.Acababa de regresar del sótano, y por la forma en que se mordía el labio, supe que el encuentro con Terese la había afectado más de lo que quería admitir. Dejó escapar un largo suspiro tembloroso y finalmente me miró, con la mirada nublada por esa vacilación que arruina carreras.«Le di la comida a la chica, Mariela, pero tengo que serte sincera, porque no puedo evitar sentir mucha lástima por ella. Al verla ahí abajo, en la oscuridad, atrapada y embarazada, no pude evitar preguntarme si estamos yendo demasiado lejos con todo esto».No le respondí de inmediato; en cambio, me serví un trago de la petaca que guardaba en el bolsillo del abrigo y di un sorbo lento y pausado. Me recosté contra el refrigerador oxidado, dedicándole u
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