La habitación era diferente hoy. No era el dormitorio. Era una sala más pequeña y estrecha, bordeada de espejos de piso a techo. La iluminación era intensa, de un blanco brillante que reflejaba cada rincón del espacio mil veces. Vinx ya estaba allí, apoyado contra la pared del fondo con los brazos cruzados. No llevaba la chaqueta puesta. Tenía las mangas arremangadas, revelando unos antebrazos gruesos y bronceados. —Cierra la puerta, Elena. Ponte frente al espejo —dijo. Su voz era fría. No sonaba como una petición. Elena caminó hacia el centro de la sala. Se sentía desnuda a pesar de que todavía estaba vestida con un sencillo camisón de seda. Los espejos estaban por todas partes. Podía ver su frente, su espalda y el ligero temblor de sus manos. —Mírate —ordenó Vinx, acercándose por detrás. No la tocó. Solo se quedó allí, como una sombra oscura que se cernía sobre su reflejo—. ¿Qué ves? —Veo... a mí —susurró. —No. Ves un mapa —corrigió Vinx. Señaló una línea blanca, pequeña y den
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