PVO EmilioDesde que la doctora Olivares desapareció detrás de aquellas puertas, el tiempo dejó de existir para mí.Me derrumbé en una de las sillas, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos cubiertas de sangre, no era capaz de limpiarla. Cada vez que bajaba las vista, volvía a verla cayendo frente a mí, su cabeza golpeando contra el pavimento. Todo había ocurrido por mi culpa, si no la hubiera obligado a escucharme, si no la hubiera sacado del hospital, nada de esto habría pasado. —Señor… —levanté lentamente la cabeza. Una enfermera me ofreció una toalla húmeda —límpiese las manos, por favor. Bajé la mirada, las observé unos segundos antes de comenzar a frotarlas con desesperación una y otra vez, pero por más que las limpiaba, la sangre seguía ahí, no sobre mi piel, sino sobre mis recuerdos.Volví a sentirme aquel niño de seis años, el olor de la gasolina, los cristales rotos, mi madre empujándome fuera del auto, su voz diciéndome que corriera y después el estruendo d
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