Lena acudió a ese hotel en busca de una cruel verdad: la pantalla mostraba que allí se ubicaba el teléfono móvil de su marido. “Lena, Paty me dijo que vio a tu aterrador esposo en un restaurante en Loseta, acompañado de una pelirroja, ¿todo bien?”, recordó el mensaje que le había mandado Alfonso. Por más que buscó con discreción alguna señal de él en los pasillos y en las estancias comunes, no encontró nada. Él no estaba por ningún lado; incluso intentó sobornar a la recepcionista sin obtener resultado alguno. Ni siquiera halló su coche estacionado en el piso subterráneo. Resultaba probable que se encontrara lejos, a muchos kilómetros, concentrado en sus labores profesionales. Para Lena, la sola presencia en ese sitio se sentía bochornosa: una mujer ingenua tras las huellas de una infidelidad inexistente. «¿En serio soy esta persona tan patética?», se preguntó. Una punzada de incomodidad le oprimió el pecho; no debía salir corriendo al primer mensaje extraño de un amigo. Además,
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