THALRION—¿Qué está pasando aquí?Una perturbación en los hilos de poder que recorren mi dominio, como la cuerda de un arpa cortada de repente. Magia que debería estar presente... no lo está.Estoy en la cámara de guerra, mirando el mapa de piedra negra de los territorios tallado en la mesa. Pequeñas llamas encantadas arden sobre él, marcando mis alianzas, mis espías, mis fuerzas. Pero varias llamas... se han apagado. Extinguidas. Eso no sucede sin una razón.Detrás de mí, mis generales se mueven con incomodidad. Ellos también lo sienten. El silencio en la habitación es espeso, como la calma antes de una tormenta. Entonces, las puertas se abren de golpe. El mensajero entra tropezando, pálido y tembloroso.—Mi señor...No me doy la vuelta. —Habla.Su respiración es irregular. —La ciudadela...Ahora me giro. Lentamente. —¿Qué pasa con ella?Él traga saliva con dificultad. —Ha... caído.Las palabras resuenan en la cámara como una hoja que cae al suelo. Uno de mis generales se burla. —Eso
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