Llegar a la semana treinta no se sintió como un logro, sino como una condena. Mis tobillos habían desaparecido, reemplazados por dos troncos hinchados que latían al ritmo de mi corazón, y sentía que una cuchilla oxidada me partía la espalda en dos.—Tu presión está en 150 sobre 95, Aria —sentenció la doctora Martínez. Su calidez habitual había desaparecido, reemplazada por una frialdad profesional que me erizó la piel—. Hay proteínas en tu orina.El aire en el consultorio se volvió pesado, casi irrespirable.—¿Eso es malo? —pregunté, llevando mi mano instintivamente a la dureza de mi vientre. Emma se movió debajo de mi palma, un giro lento y perezoso.—Es el inicio de una preeclampsia —respondió la doctora sin rodeos—. Es grave. Si la presión sube más, tú y el bebé corren riesgo de convulsiones, un derrame cerebral o un desprendimiento de placenta. Necesitas reposo absoluto, Aria. Nada de estrés, nada de trabajo y nada de escaleras.El pánico me oprimió el pecho. Yo vivía en un cuarto
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