Mia soltó una risa nerviosa, una que terminó en un suspiro cuando deslicé una mano hacia abajo, rodeando su cuello en una advertencia suave, casi una caricia mortal. Con la otra mano, presioné mi intimidad contra la de ella a través de la tela del vestido. Ella se tensó, un temblor recorriendo sus piernas.—Te odio —susurró, enredando sus dedos en mi cabello ahora que había soltado sus muñecas. Tiró con fuerza, obligándome a mirarla de frente—. Odiarás el día en que aceptaste este trabajo. Odiarás el momento en que me viste por primera vez.—Pues prepárate para odiar cada segundo de la noche, Princesa —sentencié, mis dedos bajando hacia la cremallera de su vestido—. Porque no pienso soltarte hasta que olvides tu propio nombre.Me deshice de mi camisa de un tirón, dejando que los botones restantes saltaran por la habitación. Cuando mis manos tocaron su piel desnuda, sentí que ella se estremecía de una forma distinta. Había una rigidez en su cuerpo, una vacilación que no encajaba con su
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