Habían pasado cinco días desde que llegamos a la casa del campo. Cinco días de silencio, de paz, de intentar reconstruir las piezas de una vida que parecía haberse desmoronado una vez más. Pero a pesar de la tranquilidad del entorno, mi mente seguía atrapada en un torbellino de preguntas sin respuesta. Ernesto Fuentes seguía libre, planeando su próximo movimiento. Bárbara Montoya había desaparecido, probablemente escondida por el miedo a las represalias de los hombres que la habían obligado a mentir. Y yo, yo seguía aquí, esperando, escondiéndome, protegiendo a mi familia, pero sintiendo que cada día que pasaba era una victoria para el enemigo.No podía seguir así.Esa noche, después de que los niños se fueran a dormir y Helena se retirara a nuestra habitación, me quedé en el porche, mirando el cielo estrellado y sintiendo que el peso del mundo se cernía sobre mis hombros. El aire fresco del campo acariciaba mi rostro, y el sonido de los grillos llenaba el silencio con una melodía que
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