La noche era densa. Elisabetta estaba sentada en el borde de la cama de su habitación, mirando la pared. El ardor en su mejilla ya había desaparecido, pero el recuerdo de la mano de Tessa seguía allí. La bofetada. Las palabras. El recibo del hotel doblado como un arma en el bolso de su madrastra. Había prometido intentarlo. Había prometido pedirle a Norman el trabajo. Pero cada vez que ensayaba las palabras en su mente, se sentían como veneno. Se puso de pie. Caminó hacia el espejo. Su rostro estaba pálido. Sus ojos, rojos. Parecía una mujer que había estado llorando, porque había estado llorando. A ratos, toda la tarde, cada vez que pensaba en lo que tenía que hacer. Escuchó movimiento en el despacho de Norman, al final del pasillo. Él estaba en casa. Llevaba horas allí, pero no había ido a buscarla. Estaba enfadado. Lo había visto en su rostro cuando ella pidió el trabajo. Él sabía que mentía. Solo no sabía por qué. Salió de su habitación y avanzó por el pasillo. Sus pies d
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