Elisabetta estaba de vuelta en su habitación, sentada en la cama, con el rostro enterrado entre las manos. Intentaba entender qué clase de problema era todo esto. Mark. Todos. Norman ya la odiaba, y ahora Mark estaba intentando meterla en problemas.Las lágrimas se deslizaron entre sus dedos. No podía detenerlas.Su mente regresó al baño. A la forma en que Mark le había sonreído, como si fuera un juguete. A la forma en que había hablado del accidente de Norman. “El accidente debía dejarlo como un vegetal.” Esas palabras resonaban en su cabeza, una y otra vez. ¿Qué quiso decir? ¿Y por qué había sonado casi satisfecho?Pensó en su padre.Cuando era pequeña, él la llevaba sobre sus hombros por el mercado. Ella se sostenía de su frente y reía, y él decía: “Mi princesa, desde aquí puedes ver todo el mundo.”Cuando lloraba por una muñeca rota, él se sentaba con ella en el suelo y la ayudaba a arreglarla, pieza por pieza. “Nada está realmente roto,” le decía. “Solo necesita un poco de cariño.
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