PRIMERA PARTE: EL CAMIONEROLa puerta del camión se abrió con un chirrido metálico. Un hombre bajó, con movimientos torpes pero rápidos, como si la urgencia le hubiera sacudido la modorra del viaje. Tendría unos cincuenta años, quizás sesenta. La barba de varios días, la gorra gastada con un logotipo que el tiempo había borrado, el buzo grueso a pesar del calor. Un hombre de carretera, de esos que ven el país a través del parabrisas.— ¡Carajo, niña! —Exclamó, con una voz ronca que quería ser dura pero se le quebraba al final—. ¿Qué... qué te pasó?Luna quiso responder. Abrió la boca, pero de su garganta solo salió un sonido ronco, un intento de palabra que se ahogó antes de nacer. En lugar de eso, levantó el brazo y señaló hacia atrás. Hacia el bosque. Hacia el lugar del que acababa de salir.El camionero siguió su dedo con la mirada. Vio la oscuridad, los árboles, las sombras que se alargaban. No entendía, pero algo en sus ojos, en la forma en que la niña temblaba, le dijo que no ne
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