—Qué locura has vivido, señora Ravage —se susurró a sí misma, buscando un cubículo.Notó los estragos de los orgasmos alcanzados en su coño, en su ropa interior, pero afortunadamente, dentro del baño, bonito, aunque pequeño, encontró tampones nuevos y hasta toallas húmedas para la zona, con las que se limpió, incluso esa línea de humedad sanguínea que por su pierna había corrido. Su sonrisa se dibujaba con nervios y shock cada vez que se sumergía en lo que había vivido, y es que sí, consumió de los postres más ricos que quizás había probado en su vida, pero fue la entrega, la oscuridad, las palabras y el roce de su esposo lo que le dio la maravilla a la experiencia vivida.En el lavamanos encontró hasta enjuague bucal, que usó dos veces. Lavó bien sus manos, notando un ligero chupetón en su cuello, pero más que sentir vergüenza, solo sintió gozo. Viéndose a los ojos, se suspiró.—Puedes hacerlo —asintió—. Puedes ser la señora Ravage, puedes confiar en él y quizás, es aquí, Melissa, do
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