El sol de la mañana golpeaba el aula, pero el aire en el interior era denso y pesado. El único sonido era el rasgueo de los bolígrafos sobre el papel. Treinta chicos estaban sentados en sus pupitres, con la cabeza baja, trabajando en un ensayo. Al fondo de todo, casi aislado en la esquina, estaba Dax. Miraba por la ventana, intentando aparentar que no le importaba. La señorita Courtney caminaba lentamente por los pasillos. Otra vez no llevaba sostén. Cada vez que se movía, la fina tela de su camisa rozaba su piel. Se detuvo en la última fila, justo detrás de Dax, y se inclinó. Su pecho se presionó firmemente contra la espalda robusta del chico. Podía sentir el calor irradiando a través de su chaqueta de mezclilla. Miró su hoja; no había escrito ni una sola palabra. —Así no es como se hace, tipo duro —le susurró al oído. Su aliento era cálido y olía a menta—. Te estás quedando atrás. ¿Acaso quieres reprobar mi clase? Dax se tensó. Tenía la mandíbula apretada. —Estoy bien, Courtney.
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