POV de JOSELa casa era blanca, con persianas azules que golpeaban contra el muro cuando el viento de levante soplaba desde el mar. Estábamos a tres mil kilómetros de las montañas, en un enclave donde el idioma apenas me resultaba familiar y donde el sol, constante y punzante, parecía haber borrado cualquier rastro de la nieve que durante meses nos sirvió de sudario.Para cualquier vecino, éramos una pareja de mediana edad que había ahorrado lo suficiente para retirarse pronto. Un contable, quizás, y una mujer que se dedicaba a la jardinería y a la lectura. La farsa era perfecta, sostenida por las identidades que Mateo nos había entregado en la frontera. Pero la casa, aunque pacífica, se sentía como una jaula de cristal.Nina estaba sentada en la terraza, bajo la sombra de un toldo descolorido, con una tablet que había configurado para parecer un simple lector de libros electrónicos. Pero yo sabía lo que estaba haciendo. Podía verlo en la forma en que sus ojos se movían, saltando de l
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